La inmigración ultramarina

  Uno de los ejes del modelo de desarrollo por el que optó la Argentina -hacia fines del siglo XIX y principios del siglo XX- fue la incorporación de población extranjera. Pero sería erróneo pensar que la gran inmigración fue un fenómeno único de nuestro país. Las grandes migraciones iniciadas en el siglo XIX afectaron, de nuna u otra forma, a muchos países en distintas partes del Planeta. En términos de Ravenstein, -según su modelo “pull and push fáctors” (factores de expulsión y de atracción)- podríamos decir que se dieron en forma simultánea factores de expulsión en los lugares de origen (Europa occidental, Europa del Norte, el Sudeste Asiático, entre otros) y factores de atracción en los lugares de destino (EE.UU., Argentina, Uruguay, entre otros). Algunos factores de expulsión pueden ser la pobreza de un territorio, los bajos salarios, las persecuciones políticas, religiosas, étnicas, la inseguridad, los fenómenos naturales, etc. Los factores de atracción pueden ser la disponibilidad de tierras y otros recursos naturales para la agricultura y la ganadería, los buenos salarios, la seguridad, la baja contaminación del ambiente, etc.       
 
Según el historiador británico Eric Hobsbawm (2007: 202-203), a mdiados del siglo XIX se sitúa el comienzo de las mayores migraciones humanas de la historia (...), entre 1846 y 1850 abandonó Europa un promedio anual de más de 250.000 personas; en los siguientes cinco años lo hizo un promedio anual de cerca de 350.000 personas. Comparados con cifras posteriores, dice el autor, estos números son modestos. En durante la década de 1880 emigraron anualmente unos 700.000 a 800.000 europeos, y después de 1900, entre 1.000.000 y 1.400.000 al año.     
El grueso de la migración internacional estaba formada por europeos, más exactamente por europeos occidentales y alemanes. Pero también emigraron importantes contingentes asiáticos. En efecto, en algo más de dos décadas, entre 1853 y 1874, llegaron a Cuba 125.000 chinos. Después de 1852, importantes contingentes de personas de la India empezaron a emigrar al vecino país de Birmania y también a nuestro continente en Guayana y Trinidad. Cantidades significativas de irlandeses, noruegos, suecos, daneses e italianos buscaron también en la emigración un futuro menor.
Los principales países receptores de esta enorme masa de personas emigradas de Europa fueron los EE.UU. y en segundo lugar nuestro país con unos 6.405.000 inmigrantes en el periodo 1856-1932.  

Según Hobsbawm (2007: 204-205), la mayor parte de la población europea de la época vivía en áreas socioecológicas rurales, por lo tanto no es extraño que también los que emigraron a otros países hayan sido campesinos. Pero al llegar al llegar a sus destinos, la mayoría fue a parar a sectores urbanos. La migración y la urbanización constituyeron fenómenos paralelos, siendo la Estados Unidos, Australia y Argentina, los países que mayor concentración urbana registraron.   

Para un país como Argentina, que históricamente tuvo bajos niveles demográficos, este aluvión de personas -como ha dicho José Luis Romero-  modificó significativamente la realidad social en todas sus dimensiones, aunque se calcula que solo la mitad de esos 6.405.000 inmigrantes se radicaron definidamente en nuestro país.

La desproporcionalidad entre extensión geográfica y realidad demográfica no pasaba inadvertida para las capas más lúcidas de la intelectualidad argentina. En 1845 Juan Bautista Alberdi, desde el exilio,  escribió Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina. Este libro se convirtió más tarde en una influencia decisiva para los redactores de Constitución de 1853.
 Para solucionar el problema de la escasez de mano de obra, Alberdi proponía, atraer inmigrantes noreuropeos. Pero no se trataba únicamente de traer brazos para labrar la tierra, Alberdi proponía un trasplante cultural. “Para tener población, para tener caminos de hierro, para ver nuestros ríos navegados, para ver opulentos y ricos nuestros Estados”[1]
 
¿Queremos plantar y aclimatar en América la libertad inglesa, la cultura francesa, la laboriosidad del hombre de Europa y de Estados unidos? traigamos pedazos vivos de ellas en las costumbres de sus habitantes y radiquémoslas aquí. 
¿Queremos que los hábitos de orden, de disciplina y de industria prevalezcan en nuestra América? llenémosla de gente que posea hondamente esos hábitos Ellos son comunicativos; al lado del industrial europeo pronto se forma el industrial americano la planta de la civilización no se propaga de semilla. Es como la viña, prende de gajo.
El Preámbulo de nuestra Constitución es una invitación “…para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino…”
¿De qué origen deberían ser los inmigrantes que poblarían la inmensa geografía argentina con miras a la inserción en el mercado internacional capitalista? 
Alberdi proponía realizar un “trasplante cultural” desde aquellos países que habían erigido  economías industriales; la cultura hispana era indeseable pera forjar una sociedad moderna: “La Europa nos traerá su espíritu nuevo, sus hábitos de industria, sus prácticas de civilización, en las inmigraciones que nos envíe… ¿queremos plantar y aclimatar en América la libertad inglesa, la costumbre, la laboriosidad del hombre de Europa y los E.E.U.U? Traigamos pedazos vivos de ellas en las costumbres de sus habitantes y radiquémosla aquí.”
En 1845 Domingo F. Sarmiento escribe Facundo, también desde el exilio, remarcando la necesidad de superar la disyuntiva: “civilización o barbarie”. Se presenta aquí una diferencia entre ambos pensadores, pues para Alberdi, el progreso cultural se lograría a partir del progreso económico, mientras que el sanjuanino estaba convencido que el progreso económico se lograría con la modernización socio-cultural. La barbarie estaba encarnada en las condiciones de vida del indio y el gaucho. En 1880, con la llegada de Roca a la presidencia,  estas ideas se consolidaron. 
Para finalizar, y complementar la información, les dejo un breve video sobre el tema. 
Estas ideas liberales de Alberdi y Sarmiento tuvieron una fuerte influencia durante el proceso de construcción del Estado Nacional (1853-80), e incluso después. Paulatinamente fueron ganando terreno durante los sucesivos gobiernos de Urquiza, Mitre, Sarmiento y Avellaneda, lo que puede advertirse en varias leyes que se dictaron con el objetivo de poblar distintas partes del territorio nacional (incluyendo Formosa).
 
 

 

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