La división internacional del trabajo: el lugar de nuestro país en el esquema internacional


Hacia fines del siglo XIX el curso histórico de las sociedades occidentales se veía cada vez más influenciada por la revolución industrial iniciada hacia fines del siglo anterior en Gran  Bretaña y difundida después a otras naciones. La industrialización y el crecimiento del comercio mundial crearon paulatinamente una verdadera “división internacional del trabajo” (DIT), que consistía en la especialización de unos países en la elaboración de productos manufacturados, creación y aplicación de nuevas tecnologías a los procesos productivos, y acumulación de capital. Mientras que otros países se especializaron en la producción de materias primas, desarrollando economías funcionales a aquellas.
A los primeros, se los llamó países centrales y a los segundos, países periféricos, o simplemente: “centro” y “periferia”. Entre los países centrales se encontraban el Reino Unido de Gran Bretaña, los Países Bajos, Bélgica, y más tarde Francia, Alemania Estados Unidos y Japón.
La periferia estaba constituida por la mayoría de los países de África, Asia y América latina. Estas naciones se constituyeron, enseguida “en un complejo de territorios coloniales y semicoloniales que progresivamente se convirtieron en productores especializados de uno o dos productos básicos para exportarlos al mercado mundial, de cuya fortuna dependían por completo” (Hobsbawm, 2007: 73)[1]
Argentina y Uruguay se especializaron en producir carnes y cereales, Chile producía cobre, y en una menor medida salitre, Bolivia estaño y también salitre, Brasil era productor de café, Venezuela, Colombia y Cuba producían de azúcar. (Para tener una información más detallada en cuanto a la inserción de América latina en el esquema internacional, véase el apartado dedicado al modelo agroexportador).
Esta especialización contribuyó a generar una  relación de dependencia respecto a la economía de Gran Bretaña, quien no necesitaba afrontar los elevados costos de mantener políticos, administrativos o fuerzas de seguridad coloniales, le bastaba con crear y sostener lazos económicos de dependencia para sujetar también políticamente desde la metrópoli londinense a las demás las economías nacionales.
Al tipo de colonialismo Hobsbawm llama “imperialismo informal”. En su libro, La era del imperio, que analiza el lapso de tiempo comprendido entre 1875 y 1914, el historiador británico destaca que una de las principales características de la economía de ese periodo es la ampliación de su base geográfica. Otros países se incorporaron al proceso de industrialización como Rusia, Suecia y Países Bajos en el continente europeo, y Estados Unidos y Japón, fuera de éste.
Se produjo en este periodo una ampliación espectacular del mercado mundial de materias primas, y entre 1880 y 1913 se triplicó el comercio de esos productos. Esta expansión de la economía mundial capitalista, era percibida por la elite dirigente de nuestro país como una oportunidad inmejorable para salir definitivamente del ‘atraso y la postergación y construir una nación moderna económica, social y culturalmente’. 
Por último, cabe aclarar que la DIT iniciada hacia fines del siglo XIX, aunque sufrió modificaciones, continúa hasta el presente y, es muy probable que continúe  existiendo en el futuro. 



Hasta la próxima. No olviden dejar sus comentarios que servirán para mejor nustro servicio. Gracias!!! 


[1] Hobsbawm, E., (2007), La era del Imperio: 1875 – 1914.

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